A LOS LIBROS PROFÉTICOS: (Introducción)
A
LOS LIBROS PROFÉTICOS:
(Introducción)
“Antiguamente en Israel cualquiera que iba a
consultar a Dios, decía así: Venid y vamos al vidente; porque al que hoy
se llama profeta, entonces se le llamaba vidente”. (1 Sam. 9:9)
Pastor: Carlos Ramírez Jiménez:
Los textos mesopotámicos indican mucho antes de la entrada de Israel en Canaán,
otros países tenían profetas. Estos textos de los vecinos de Israel señalan que sus profetas afirmaban
interceder por las personas ante los dioses, hablar en nombres de estos,
criticar las deficiencias morales y éticas del pueblo de parte de los dioses,
predecir sucesos futuros mediante un conocimiento especial recibido de ellos y
denunciar a los enemigos por el poder de las deidades. Aunque la Biblia afirma
la creencia en un único Dios, y no en varios, básicamente describe a los
profetas israelitas cumpliendo las mismas tareas. No es de sorprender si se
entiende “profetas” como una persona que
habla en nombre de un dios al pueblo.
El AT., incluye tres términos
básicos para el concepto de “profeta1)”, dos de los
cuales tienen connotaciones similares. En unas cuantas ocasiones el AT., usa
vocablos hozéh2) o ro’eh3),
que se traducen indistintamente como “vidente”,
lo que implica que los profetas eran personas que podían “ver” cosas que otros no podían. Veían detalles
sobre el presente y también lo que Dios quería en el futuro.
Por ejemplo, Saúl esperaba que el “vidente” Samuel supiera dónde se hallaban unas asnas perdidas (1 Sam. 9:1-10) y, en efecto, Samuel “veía” dónde estaban los animales, pero también “vio” que Dios había escogido a Saúl para reinar sobre Israel (1 Sam. 9:15-17). Saúl esperaba pagarle algo al “vidente” por la molestia, y esa expectativa y la avaricia de algunos que se autodenominaban profetas hicieron que todos llegaran a pensar que los videntes buscaban dinero (ver Am. 7:12).
Ayuda Hermenéutica:
H7203 רֹאֶה = roé participio activo de H7200; vidente (como se traduce con frecuencia); pero también (abst.) visión: - visión. (Strong).
El término más común del AT.,
para referirse a un “profeta” es nabí’. Los orígenes de este término son
inciertos; quizás proceda de una raíz que significa “anunciar”, lo que podría implicar que un profeta era alguien
que anunciaba o declaraba información vital. En
cualquier caso, el profeta hace de portavoz:
Ø En Ex. 7:1, Moisés será como Dios para Faraón, mientras que Aarón será su profeta (es decir, su portavoz).
Ciertamente, los profetas
israelitas afirmaban declarar las palabras de Jehová, el Dios de Israel,
mientras que en otras tierras sus homólogos afirmaban comunicar los mensajes de
otros dioses. Eran tantos los profetas en activo que declaraban mensajes que el
pueblo tenía que determinar quién hablaba en nombre de Dios y quién era un
falso profeta.
Los profetas se ocupaban de cuestiones futuras y presentes, y a menudo estas últimas constituían la máxima prioridad de sus mensajes. También anunciaban sucesos futuros, como la venida del Mesías y el día final de juicio, pero típicamente declaraban cómo debía vivir el pueblo a la luz de su pacto con Dios (ver más abajo).
I. LOS PROFETAS EN LA HISTORIA DE ISRAEL:
La Biblia indica que los profetas
que servían al único Dios viviente existían mucho antes de los autores proféticos.
·
Abraham (ya en el 2,000 a.C.),
·
Moisés (en el 1,450 a.C.) (aprox. 1,050-1,000 a.C.),
·
Natán (aprox. 1,010-970 a.C.).
·
Elíseo
y Eliseo (apox. 860-850 a.C.) y
·
Hulda (627 a.C.)
Son solo algunas de las personas denominadas profetas entre Génesis y
Salmos.
Dios reveló por medio de Moisés
sus principios para los profetas. Según Dt. 13:1-11, los profetas de Israel no
debían enseñar al pueblo a servir a ningún otro dios, sino solo a Jehová. Aunque el profeta pudiera realizar señales y prodigios, el
pueblo no debía seguirlo si abogaba por servir a otros dioses. En
Dt. 18:9-22 Moisés añade que otras naciones tendrán profetas que presagiarán el
futuro y se comunicarán con espíritus (Dt. 18:9-14); en cambio, Dios pondrá sus propias palabras en la boca de sus profetas (Dt. 18:18).
Además, el profeta podrá
demostrar que cuenta con la autorización divina al pronunciar solo la verdad
sobre los acontecimientos futuros (Dt. 18:21-22). Israel debe esperar al
profeta prefecto que Dios enviará (ver Hech. 3:22-23). Mientras tanto, deben
obedecer a los profetas que proclaman fidelidad al pacto de Dios con Israel y
cuyas predicciones se cumplen siempre. Todo profeta que no reúna estos
requisitos no habla de parte de Dios.
Es importante comprender que los profetas no eran los maestros ordinarios de la palabra de Dios; ese era el llamamiento de los sacerdotes (Dt. 33:10). Antes bien, Dios levantó profetas en momentos puntuales de la historia del AT. (razón por la que sus “llamamientos” son tan importantes, como vemos en Is. 6).
Los primeros libros proféticos se
originaron en el s. VIII a. C., durante el declive de los reinos de Israel y
Judá, y el surgimiento de Asiria como potencia mundial. Finalmente, los asirios
destruyeron Israel en el 722 a.C., quedando solo Judá como remanente del reino
de David.
·
Oseas,
·
Amós y
·
Jonás.
Ministraron hacia la mitad del siglo (760-745 a.C.).
Los primeros censuraron la
injustica social alimentada por la desobediencia al pacto4) y advirtieron al pueblo de
Dios y a las naciones sobre un futuro “día de Jehová”,
un día de juicio por sus pecados.
Renuente, Jonás
predicó en Nínive, capital asiria, antes de que esta se convirtiera en una
nación dominante y opresora. Isaías, el mayor profeta de esta era, compartió la
preocupación de sus predecesores por el pecado y el juicio, y escribió algunas
de las más profusas promesas bíblicas de un Salvador futuro y de su reino. El
libro de Isaías se escribió durante varias décadas (aprox. 745-690 a.C.). Miqueas ministró hacia finales de siglo (solapándose con
Isaías), reprendió a Judá por sus pecados personales y sociales y (al igual que Isaías) predijo la victoria
divina sobre Asiria durante la crisis de Senaquerib del 701 a.C. (ver 2 R.
18-19). Miqueas prometió que un líder
nacido en Belén derrotaría a los enemigos de Dios (Miq. 5:1-5; ver Mt. 2:1-12).
Los profetas del s. VII a.C.,
escribieron en el contexto del poder asirio hasta su caída, alrededor del 612
a.C., cuando Babilonia la sustituyó como principal potencia mundial. Su tarea
consistió en instar al pueblo escogido a obedecer las demandas divinas, en
especial el cumplimiento de los principios del pacto mosaico. Sofonías (aprox. 640-609 a.C.) denunció que Judá
adoraba a otros dioses, advirtió del juicio y prometió una renovación futura Nahum (aprox. 660-630 a.C.) anunció el final
de la tiranía asiria; y Habacuc (aprox. 640-609 a.C.) escudriñó los
caminos de Dios durante la época anterior a la captura de Judá por parte de
Babilonia.
Jeremías ministró también durante este siglo y hasta bien entrado al siguiente.
Durante cuarenta años al menos, llamó a Judá de parte de Dios al
arrepentimiento (627-587 a.C.; Jr. 1:1-3), décadas que abarcaron desde el
período en que la nación aún tenía tiempo de cambiar su forma de vida y evitar
el castigo, hasta la destrucción de Jerusalén a manos de Babilonia en el 587
a.C., y el posterior exilio del pueblo. Una y otra vez predicó al
arrepentimiento, aunque sus palabras más conocidas son la promesa de un nuevo pacto5) futuro
con la casa de Israel (Jr. 31:31-34; ver Heb. 8:8-12).
Los profetas del s.
VI a.C., vivieron bajo la sombra del exilio. Unos cuantos de ellos también conocieron los cambios del dominio mundial,
que pasó de Babilonia a Persia en el 538 a.C. A Daniel
lo llevaron a Babilonia en el 605 a.C., donde trabajó al menos hasta el 536
a.C. En el 579 a.C., Ezequiel se unió a los exiliados en Babilonia, y
allí escribió las visiones recibidas del 593 al 571 a.C. Estos dos desterrados
vislumbraron tiempos peligrosos y futuros días gloriosos para el pueblo de
Dios. Abdías fue testigo de los
terrores de las invasiones babilónicas de Judá en el 587 a.C. Hageo y Zacarías estuvieron entre
los autorizados a regresar a Jerusalén desde Persia, del 520 al 516 a.C., participaron
de la reedificación del templo y esperaron la gloria futura del pueblo de Dios
bajo el liderazgo mesiánico.
Malaquías sirvió durante el s. V a.C. Contemporáneo de Esdras
y Nehemías (460-425 a.C. aprox.),
experimentó los problemas asociados a la reconstrucción de Jerusalén, la
restauración de la adoración fiel y la obediencia al pacto. Además, identificó
las deficiencias del compromiso con Dios de los que volvían del cautiverio, como
la adoración insincera el abandono de la enseñanza de la palabra de Dios por
parte de los sacerdotes, y la infidelidad marital (Malq. 1:6-2:16).
Predijo, asimismo, la venida de un nuevo Elías y del Mesías (Malq. 4:5-6). Es probable que el libro de Joel también pertenezca a esta época, ya que no menciona rey alguno en Judá. Joel llama al pueblo al arrepentimiento en un tiempo de calamidad nacional (plaga de langostas).
II. LIBROS
PROFÉTICOS:
Poco se sabe de la
composición y conservación de los libros proféticos, aunque podemos recoger
alguna información útil del texto bíblico:
Ø Por ejemplo, que Isaías tenía discípulos capaces de
preservar sus palabras (Is.
8:16) y
Ø Que Baruc, discípulo de Jeremías, era escriba y registró
algunos mensajes del profeta (Jr.
36:1-32).
También es posible que muchos
profetas escribieron sus propias palabras (Is. 8:1-2; Jr. 1:4-19), ya que la
alfabetización estaba bastante extendida.
Originalmente, las palabras de
los profetas se copiaban sobre papiro o en rollos de cuero y eran transmitidas
a las generaciones futuras por personas que las valoraban (Jr. 36:1-4). Varios
de estos libros coincidieron en el tiempo, ya que el autor de 1-2 Crónicas
alude a fuentes compuestas por los propios profetas o sobre ellos (1 Cron.
29:29; 2 Cron. 9:29; 26:22), En época de Jeremías,
la profecía de Miqueas se había
transmitido y se consideraba autoritativa (Jr. 26:18, citando Miq. 3:12). Según
el libro apócrifo de Eclesiástico
(Sirácida),
hacia el s. II a.C. (como muy tarde)
todos los libros proféticos se consideraban Escritura autoritativa (ver Sirácida
48.22; 49. 7, 8, 12; comp. 1 Macabeos 2.60 Apócrifo).
En los libros proféticos aparecen numerosos tipos de literatura. Están los relatos que detallan lo que comunicaron los profetas y las circunstancias en que recibieron y transmitieron sus mensajes. También incluyen sermones, extensos poemas, diálogos entre Dios y los profetas, y visones. Los grandes temas indicados en la sección siguiente se revelan a través de todos estos formatos, y nos proporcionan la trama (o argumento) y los principales personajes de los libros.
III. TEMAS
UNIFICADORES DE LOS LIBROS PROFÉTICOS:
Los libros proféticos incluyen la
mayoría de los temas principales del AT., y documentan así para las
generaciones futuras por qué se desarrolló la historia de Israel como lo hizo.
Aunque los autores escribieron en épocas distintas y bajo diferentes
circunstancias, sus mensajes armonizan teológicamente entre sí y con otros
tipos de libros bíblicos.
Varias ideas interrelacionadas
unifican el mensaje profético, lo que permite a los lectores orientarse en
algunos pasajes difíciles. Cuando el contenido
de los libros desconcierta por su complejidad, a menudo resulta útil decidir
cuál de los temas siguientes enfatiza el autor bíblico:
v Primero: los
profetas aseveran que Dios ha hablado por medio de ellos.
Obviamente se declaraban
mensajeros y heraldos de Dios, porque sus mensajes con frecuencia van
prolongados con la frase “Así dice Jehová”.
Es su manera de afirmar que sus libros son la palabra escrita de Dios. Pedro
explica que los profetas “hablaron siendo inspirados6) por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21). Así como Dios
usó a Moisés para escribir y predicar a fin de que Israel pudiera conocer la
voluntad de Dios en su tiempo, también se sirvió de los profetas en sus
respectivas épocas.
Proclamaron el
mensaje divino de dos formas básicas:
· Utilizando palabras o
· Mediante símbolos.
Normalmente, los
profetas presentaban la palabra de Dios de:
Ø Forma oral (por ejemp. Jr. 7:1-8:3) o
Ø Por escrito (por ejemp., Jr. 36:1-32)
a:
·
Diversos
tipos y
·
Tamaños
de audiencias.
De vez en cuando, también
realizaban actos simbólicos que manifestaban los propósitos divinos. Isaías, por ejemplo, anduvo tres años desnudo
y descalzo para advertirle al pueblo de Dios cuál sería su futuro si seguían
procurando la ayuda de otras naciones y no la de Dios (Is. 20:1-6). Quizás el
caso más triste de la profecía fue el matrimonio de Oseas
con la infiel Gomer, que retrata la relación de Dios con
Israel infiel (Os. 1-3).
v Segundo: los profetas afirman que Dios escogió a Israel para
establecer una relación basada en un pacto.
El Pentateuco
(los primeros cinco libros del AT.)
enseña que Dios eligió a Abraham y a su familia para bendecir a todas las
naciones (Gn. 12:1-9), que le reveló a Abraham la Salvación
por gracia (Gn. 15:6), y que ordenó a
Moisés un registro de esta revelación (Ex. 24:4) y del estilo de vida que debe
caracterizar una relación basado en un PACTO
(Éxodo-Deuteronomio).
Con estas verdades en momento, los profetas se dirigen a Israel como un pueblo
que tenía responsabilidades especiales basadas en esta relación especial (Jr.
2-6; Os. 1-3; Am. 2:6-3:8; etc.).
Por medio de los profetas, Dios
reveló los éxitos y fracasos de los esfuerzos de Israel, o de la falta de
ellos, por honrar su confesión de fe en Dios y el papel que él les había
encomendado como reino de sacerdotes encargados de servir a las naciones (ver
Ex. 19:5-6).
v Tercero: tristemente,
lo más habitual es que los profetas denuncien que la mayoría de Israel ha
pecado contra su Dios y las normas del pacto.
No confiaron en Dios (Is.
7:1-14). Por consiguiente, quebrantaron los Diez Mandamientos (comp. Ex.
20:1-17 y Jr. 7:1-15; Os. 4:2), adoraron a otros dioses (Ez. 8:1-18), se
maltrataron unos a otros y no hicieron prevalecer la justicia entre el pueblo
de Dios (Is. 1:21-31), y se negaron a arrepentirse (Am. 4:6-11).
Por supuesto, en cada época hubo
siempre una minoría fiel, llamada el “remanente”
(ver Is. 4:3; 10:20-22; etc.), como resalta el propio ministerio de los
profetas (Ver Heb. 11).
v Cuarto: los
profetas advierten de que el juicio erradicará el pecado.
Este juicio se denomina con
frecuencia “el día de Jehová” (Is.
2:12-22; Joel 2:1-11; Sof. 1:7-18; etc.; ver nota [anexo
1] sobre Am. 5:18-20). Es un día en la historia, como cuando
Babilonia destruyó Jerusalén (Jr. 42:18), pero también es un día venidero en el
que Dios juzgará a todos los moradores del mundo (Is. 24:1-23).
Los profetas dejaron constancia
de estas advertencias para sus lectores pudieran hacer lo que su audiencia
original, por lo general, no hizo: apartarse del pecado y volverse a Dios.
v Quinto: los
profetas prometen que habrá renovación tras el día de castigo ya sucedido en la
historia y, después de ella, el día venidero que pondrá fin a la historia tal y
como la conocemos.
A la destrucción de Israel y
otros acontecimientos similares les sucede la Venida del Salvador, quien
gobernará a Israel y a las naciones, y traerá la paz y la justicia al mundo
(Is. 9:2-7; 11:1-16). Este Salvador
deberá sufrir, morir y resucitar de entre los muertos (Is. 51:13-53:12). Será
como “hijo
de hombre”, y “el Anciano de Días”
(Dios mismo)
le entregará todos los reinos del mundo (Dn. 7:9-14).
Será el catalizador de un Nuevo Pacto con Israel que incluirá a todos aquellos a quienes el Espíritu de Dios llene y transforme, tanto judíos como gentiles (Jr. 31:31-40; Ez. 34:25-31; 36:22-32). Este nuevo pueblo le servirá con fidelidad. Finalmente, limpiará el mundo de pecado y recreará la tierra (Is. 65:17-25; 66:18-24; Sof. 3:8-20). La creación, ahora estropeada por el pecado, volverá a ser perfecta.
IV. CUESTIONES
ACADÉMICAS Y LOS LIBROS PROFÉTICOS:
Los dos últimos siglos
han visto numerosos debates sobre los libros proféticos. Esto han abordado cantidad de cuestiones, que podrían resumirse en las
siguientes categorías: unidad, autenticidad y relación con el NT.
Durante siglos, la mayoría de los
eruditos aceptaron básicamente que los libros proféticos habían sido escritos
por las personas cuyo nombre se mencionaba al principio de los mismos (Is. 1:1;
Jr. 1:1-3; etc.). Esto se debió a que sostenían las creencias tradicionales
sobre la Inspiración y la autoridad de la Biblia (ver Salm. 19:1-14; 2 Tim.
3:14-17; 2 P. 1:21), pero también a que así lo documentaban otras fuentes
antiguas y a que estos libros son tan coherentes en contenido y estilo como
cualquier otro libro antiguo hoy conservado.
Sin embargo, a finales del s.
XVIII, varios académicos empezaron a argumentar que las diferencias contenidas
en los libros individuales indicaban que no habían sido compuestos por las
personas que los libros mencionaban como fuente del material. Observaron, por
ejemplo, que el libro de Isaías enfatiza el juicio y la renovación, menciona a
Asiria y Babilonia como conquistadores de Israel, y describe el cautiverio y el
regreso de este. Por tanto, propusieron al menos
dos autores:
·
Uno que
habría vivido en el s. VIII a.C.;
·
Otro,
en el s. VI a.C., y quizás hasta un tercero, en el s. V a.C.
Como seguían hallando
diferencias, sugirieron más autores aún, y pronto plantearon argumentos
similares con respecto a otros libros proféticos. A principios del s. XIX, dichos
eruditos se tomaron la libertad de decidir qué pasajes eran “auténticos” (textos
escritos o pronunciados por las personas mencionadas en la Biblia como autores)
y cuáles no lo eran (textos compuestos por editores posteriores de los libros).
Muchos de estos especialistas en
crítica textual concluyeron también que los profetas del AT., no habían
predicho sucesos futuros, contradiciendo al NT. En su opinión, habían escrito
más bien sobre acontecimientos pertenecientes a su propia época, pero los
autores del NT., los habían aplicado a Jesús, la iglesia y a otros temas. Así
pues, la unidad entre ambos testamentos postulada por Jesús y Pablo (Mt.
5:17-20; Jn. 5:45-46; 10:35; 2 Tim. 3:14-17) en realidad no existía.
Argumentaban que la tradición de la iglesia podía considerar la Biblia como una
unidad, pero que la investigación histórica no confirmaba dicha creencia.
Los eruditos
evangélicos respondieron a esta corriente de varias maneras:
Ø
En primer
lugar, reafirmaron su creencia en la Inspiración y la Autoridad de la Biblia, y
en la capacidad del Espíritu Santo para proporcionar a los profetas información
sobre el futuro.
Ø
En
segundo lugar, observaron que los escritores del AT., y el NT., (los testigos más próximos al tiempo de la composición de
los libros y primeros maestros de esa palabra) no mencionaron jamás a ningún escritor bíblico aparte
de los enumerados en el AT.
Ø
En tercer lugar, ofrecieron abordajes
de los textos capaces de explicar cómo los pasajes en cuestión podían proceder
del período mencionado en los libros.
Ø Finalmente, demostraron que los autores del NT., habían
usado los libros del AT., de forma contextual, y no arbitraria.
Recientemente, a los académicos
evangélicos se les han unido otros expertos menos tradicionales, en su
valoración negativa de muchos de las aseveraciones realizadas por la crítica
textual. Estos expertos creen que las diferencias de énfasis en un libro no
entrañan necesariamente la presencia de diferentes autores, dado que un
escritor puede recalcar muchos temas divergentes que, al final, constituyen una
composición unificada. Por ejemplo, para que una comedia griega tenga un final
feliz, debe existir cierta realidad negativa que vencer.
Para que una tragedia griega
acabe mal, debe haber alguna alegría que se pierde. De manera similar, el
mensaje profético incluye castigos que conducen a la renovación, y pecados que
estropean la relación de la nación con Dios, que antes fue positiva. La
presencia de numerosos conceptos ayuda a abarcar el conjunto y no tiene por qué
haber múltiples autores.
A pesar de este acuerdo emergente
sobre la unidad de contenido de los libros proféticos, los eruditos evangélicos
y sus colegas siguen disintiendo a menudo sobre cómo llegaron a formarse los
libros. Muchos de los primeros siguen reafirmando su unidad como mensajes de
los profetas identificados en los propios libros; en cambio, sus interlocutores
opinan que la unidad se logró a lo largo del tiempo gracias a un esmerado
trabajo editorial.
Lo que sigue estando en juego aquí es la veracidad de los textos que afirman haber sido escritos por personas específicas de una determinada época, y que se tratan asuntos específicos de ese tiempo y también cuestiones futuras. El llamado especial de un profeta en particular es lo que le atribuye a su escrito la autoridad canónica para el pueblo de Dios (Dt. 18:18-19).
V. LOS
PRONOMBRES EN LOS PROFETAS:
Los pronombres son a los oráculos de los profetas lo que las preposiciones a las cartas de Pablo:
· Elementos decisivos para el significado, que a veces resultan desconcertantes.
Los profetas hebreos
transmitieron mensajes de parte de Dios, de modo que para entenderlos es
fundamental identificar a quién van dirigidos y de quién se habla.
Naturalmente, el uso de pronombres (“yo”, “nosotros”, “tú”,
“ellos, etc.) puede frustrar a
los lectores modernos cuando falta el antecedente (la persona o la entidad real a la
que se refieren) o cuando hay más de un candidato posible. Aunque la
confusión en cuanto a los pronombres surge de forma más natural en los escritos
de los profetas, también aflora en las oraciones de Salmos. En ocasiones, las
traducciones bíblicas modernas allanan estas dificultades al lector,
específicamente al referente o adaptando los pronombres.
En general, la RVR1960 prefiere
presentar los pronombres tal y como aparecen en hebreo, y no sustituir al
lector en la decisión de qué referente elegir.
En la literatura
profética, los pronombres con un referente confuso ocurren especialmente en los
casos siguientes:
1) En
interjecciones no marcadas;
2) En
transiciones no señalizadas en oráculos u otros pasajes;
3) Cuando
hay diferencias entre los convencionales antiguos y modernos para los
pronombres; y
4) En los pasajes de significados oscuros, más
allá del uso de los pronombres. Además,
5) Hay casos en que un autor podría estar dirigiéndose al pueblo en su conjunto (personificado con un “tú”).
A continuación, se
proveen algunos ejemplos:
1) ¿Con quién se corresponde el “nos” de Is. 41:22? El uso de la primera persona del plural sigue en Is.
41:23, y reaparece en Is. 41:26, pero nunca con un referente explicito. Aquí
nos ayuda analizar el contexto más amplio. El escenario es la sala del tribunal
divino (“Alegad por vuestra causa”, Is. 41:21),
y este se presenta en Is. 41:1 (“estemos juntamente
a juicio”), por tanto, el “nos”
de Is. 41:22 sigue refiriéndose a los miembros del tribunal divino que juzgan
el caso contra los ídolos mencionados en Is. 41:7.
2) Una dificultad genuina es la referencia a “ellas” en Ez. 30:17, representada en la RVR1960
por “mujeres”, pero que en heb., es un
pronombre personal femenino de 3ª persona del plural. La traducción adoptada en
el texto se inspira en los “jóvenes” de
Ez. 30:17ª. Pero en Ez. 30:18ª “aldeas”
es lit. “hijas”. Así pues, la referencia
a las “mujeres” podría traducirse como “ciudades”, también en heb. Convencionalmente
femeninas, y más teniendo en cuenta que las localidades de “Avén” y “Pibeset”
son los antecedentes inmediatamente más cercanos en el contexto.
3) Los profetas pueden personificar al pueblo de Dios, considerando corporativamente, como una sola persona. En Is. 41:8-10, “tú” (masculino singular) se refiere a “Jacob”, el pueblo en su conjunto descrito como “siervo” de Dios (a fin de cumplir sus propósitos para el mundo). Al pueblo, de forma corporativa, es a quien Dios promete: “yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré” (Is. 41:10). De manera similar, en Is. 49:15-16, Dios se dirige a “ti” (esta vez femenino singular), una personificación de Sion (Is. 49:14), que representa a todo el pueblo (ver también Is. 54:1-17).
Estar al tanto de estas
posibilidades probablemente ayuda al lector a discernir los referentes de
algunos pronombres que al principio podrían parecer difíciles de entender.
Los profetas se ocupaban de cuestiones futuras y presentes, y a menudo estas últimas constituían la máxima
prioridad de sus mensajes.
__________
Nota y Bibliografía:
1) H5030 nabî
= (נָבִיא, H5030), «profeta». El
vocablo tiene un posible cognado en acádico. Se encuentra unas 309 veces en
hebreo bíblico, en todos los períodos.
Nabî quiere decir «profeta», ya sea verdadero o falso (comp. Deut.
13:1-5). Los verdaderos profetas eran portavoces del Dios verdadero. En 1 Cron.
29:29 se encuentran tres vocablos que significan «profeta»:
«Los hechos del rey David, primeros y postreros, están
escritos en el libro de las crónicas de Samuel vidente [roeh], en las crónicas
del profeta [nabî] Natán, y en las crónicas de Gad vidente [jozeh]». Los términos que se traducen
«vidente» subrayan el medio por el que el «profeta» se comunicaba con Dios,
pero no nos explican en qué se diferenciaban a otros profetas (comp. 1 Sam.
9:9). El primer caso de nabî tampoco
contribuye a aclarar este punto: «Ahora pues,
devuelve la mujer a su marido [Abraham], porque él es profeta y orará por ti, y
tú vivirás» (Gn. 20:7 rva). (VINE).
2) nabî = (נָבִיא, H5030), «profeta».
«Los hechos del rey David, primeros y postreros, están escritos en el
libro de las crónicas de Samuel vidente [roeh],
en las crónicas del profeta [nabî]
Natán, y en las crónicas de Gad vidente [jozeh]». (VINE).
H2374 חֹזֶה = kjozé: participio activo de H2372; contemplador en visión; también
pacto (como mirado a con aprobación): - convenio,
los que observan [las estrellas], profeta, ver, vidente.
(Strong).
חֲזָהאֵל = Kjazaél. Véase H2371. (Strong).
3) H7203 roeh
= (ריאֶה, H7203), «vidente;
visión». Roeh, que
aparece 11 veces, se refiere a un «profeta»
(el énfasis recae sobre el medio por el que se recibe la revelación; 1 Sam.
9:9) y a una «visión» (Is. 28:7). (VINE)
H7203 רֹאֶה = roé: participio activo de H7200;
vidente (como se traduce con frecuencia); pero también (abst.) visión: -
visión. (Strong).
4) berît = (בְּרִית, H1285), «pacto; alianza; convenio; acuerdo; confederación». Lo más probable es que este nombre
se derive de la raíz acádica que significa «encadenar, poner grillos»; tiene paralelos en hitita, egipcio,
asirio y arameo. Berît se encuentra más de 280 veces en
todas las secciones del Antiguo Testamento. El primer caso del vocablo está en
Gn. 6:18: «Pero estableceré mi
pacto contigo [Noé]. Entraréis en el arca tú, tus hijos, tu mujer y las
mujeres de tus hijos contigo». «Alianza» es la traducción preferida de berît por la rv: «Haced, pues, ahora alianza con nosotros» (Jos. 9:6); sobre todo en el caso
de acuerdos políticos internos de Israel (2 Sam. 3:12-13, 21; 5:3) o entre
naciones (1 R. 15:19). En estos casos las revisiones subsiguientes (rvr, rva,
nrv) usan «alianza» o «pacto». En Juc. 2:2 se traduce: «Con tal que nosotros no hagamos «pacto» con los
moradores de esta tierra», («alianza» rva). El mandamiento también le fue
dado a Israel en Ex. 23:32; 34:12-16; y en Deut. 7:2-6. (VINE).
5) diatheke = (διαθήκη, G1242), significa primariamente
otorgamiento de propiedad mediante un testamento o por otros medios. En su
utilización en la LXX, es traducción de un término hebreo que significa pacto o
acuerdo, de un verbo que significa cortar o dividir, en alusión a una costumbre
sacrificial relacionada con la celebración de un pacto (p. ej., Gn. 15:10: «partió»; Jr. 34:18-19: «dividiendo»). En contraste al
término castellano «pacto», que significa una mutua obligación de dos o más
partes, comprometiéndose cada una de las partes a cumplir sus obligaciones, diatheke no implica por sí mismo
la idea de obligación mutua, sino que mayormente significa una obligación
asumida por una sola persona. Por ejemplo, en Gál. 3:17 se utiliza como una
alternativa a «promesa» (vv. 16, 17 y 18). Dios impuso a Abraham el rito
de la circuncisión, pero su promesa a Abraham, que recibe en este pasaje el
nombre de pacto, no estaba condicionado a la observancia de la circuncisión,
aunque hubiera una pena sobre su inobservancia. (VINE).
6) fero = (φέρω, G5342),
llevar, traer. Se traduce «siendo inspirados» en 2 P. 1:21. En el uso
de este verbo, se significa que fueron «llevados», o «impelidos», por el poder del Espíritu Santo, no actuando en
conformidad con sus propias voluntades, ni expresando sus propios pensamientos,
sino siguiendo la
mente de Dios en palabras dadas y ministradas por él. Véanse LLEVAR, TRAER,
etc. (VINE).
- Biblia de estudio teológico. Edit. Sociedad
Bíblicas Unidas. 1960. Págs. 1089-1094.
- e-Sword-the.
LEDD.
-
Biblia de Estudio RYRIE.
- Pastor: Carlos
Ramírez Jiménez. 24/11/2024. MISIÓN BAUTISTA: “Emanuel”. AA-HH Ciudadela de
Noé. Los Cardos Mz. E - Lt. 18. III
Etapa. Cel. 937-608382-Tumbes.
charlyibsh@hotmail.com
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